El mito discursivista es la creencia errónea de que los argumentos alteran las actitudes o emociones de una población.

El mito nace porque las actitudes suelen racionalizarse mediante argumentos, y porque los procesos intuitivos que determinan nuestra conducta son inconscientes. Subjetivamente, sentimos que el discurso tiene efectos causales, y pasamos por alto los factores más importantes.

En realidad, nuestras actitudes no se adaptan a nuestras creencias o educación sino que, por el contrario, nuestras creencias se adaptan a nuestras actitudes. Las actitudes, en cambio, suelen obedecer la motivación social.

En la teoría, el mito ocurre cuando se trata a las poblaciones como sujetos racionales que deliberan o son afectados por argumentos. En la práctica, el mito se encarna cuando se intenta modificar las actitudes de una población mediante información y concientización en contra de sus estructuras de incentivos.

En general, los cambios sociales que coinciden con debates y publicaciones ideológicas no son causadas por tales debates. En realidad, los cambios en las estructuras de motivación generan cambios en el comportamiento de las poblaciones, que luego son racionalizados mediante la adopción de nuevos discursos.

Para ilustrarlo con una metáfora, el discurso no rema con su propia fuerza sino que surfea las fuerzas que subyacen al sistema socal. Ejemplos del mito discursivista:

  1. Estajanovismo: En la URSS, en los años 30, hubo un aumento de productividad atribuido al auge de la “conciencia socialista”. El éxito de la campaña de concientización estuvo supeditado a la introducción del salario proporcional a la productividad del trabajador.
  2. Desamparo por cambio de creencias: Desde la revolución industrial, las personas se alejaron de creencias religiosas, y al mismo tiempo aumentó la sensación de desamparo. La tradición filosófica atribuyó el desamparo al cambio en las creencias. En realidad, tanto el desamparo como el abandono de ideas religiosas sostenidas por comunidades respondía al desplazamiento de comunidades producto del desarrollo tecnológico.

Ejemplos de discurso que sí modera actitudes:

  1. Las ordenes de un jerarca son discurso que modera actitudes. El chisme también. En ambos casos, el discurso funciona porque encarna un tejido de cooperación.
  2. Las instrucciones para construir un puente o una nave espacial son discurso que modera actitudes. En ambos casos, el discurso ayuda a resolver un problema que los individuos ya están motivados en resolver, gracias a algún tejido de cooperación que lo motiva.