La cultura popular concibe al medioevo como algo peor de lo que era en realidad. En realidad, en la edad media europea:

  1. No existían la pobreza ni el desempleo estructurales.
  2. Existía seguridad social, había redes de contención que cubrían y aseguraban a las familias si su principal fuente de ingresos tenía un accidente o caía en desgracia.
  3. Había tiempo de ocio. En Florencia Renacentista, por ejemplo, la mayoría trabajaba 3 días a la semana.

Por otra parte, se exagera el nivel de cerrazón y persecución por parte de la iglesia. Contrario a las afirmaciones populares, la iglesia nunca se opuso al uso de número arábigos ni atacó sistemáticamente a científicos. Más aún, la propia inquisición española disuadía la caza de brujas.

Estos mitos demuestran hasta qué punto pasamos por alto dos dinámicas estructurales del desarrollo histórico, que hacen que los viejos sistemas se debiliten y se pongan más conservadores y violentos a medida que se desarrollan sistemas nuevos.

Por un lado, el crecimiento de las instituciones y redes productivas modernas causó el desplazamiento y la destrucción de las instituciones y formas de producción medievales. Inferir que la versión debilitada de esas instituciones representa el estado de las mismas instituciones en su época de esplendor es un error. Sin embargo, es un error frecuente cuando no se tiene en cuenta la competencia de tejidos.

Por otro lado, a medida que la asimetría de poder entre las viejas y nuevas instituciones aumenta, las viejas instituciones se ven obligadas a aumentar su nivel de coerción para preservarse. La inquisición española, por ejemplo, tenía prácticamente nulas condenas a muerte en sus inicios, pero el porcentaje de juicios que concluyeron en ejecuciones aumentó sostenidamente durante los siglos posteriores, a medida que se desarrollaba al modernidad.