La adopción y rechazo del cigarrillo sigue la dinámica de las modas. Se propagó desde una élite cosmopolita que vinculaba el consumo de tabaco al exotismo, donde el exotismo señalizaba alcance y poder. Rápidamente se propagó por toda la sociedad, desde los estratos más poderosos hacia los más periféricos. Cuando fumar se volvió masivo, la misma élite se alejó del hábito, rechazo que luego se imitó en la población general, también a modo de “cascada”.
Tanto la adopción como el rechazo al cigarrillo se racionalizó con estudios sobre la salud, primero con argumentos de que el cigarrillo era saludable, y luego con observaciones que demostraban su insalubridad.
La versión discursivista de los hechos es que la merma en el uso del cigarrillo se debió a los descubrimientos sobre la salud. En realidad, en la gran escala, tanto la motivación de fumar como la de dejar de hacerlo están fuertemente ligados al efecto social de ambos fenómenos.